Lectura en español: Trastorno SAD
La melancolía del invierno
El Trastorno Afectivo Estacional (conocido como SAD por sus siglas en inglés, Seasonal Affective Disorder) es un tipo de depresión que aparece y desaparece en consonancia con los cambios de estación. Aunque existe una variante estival muy poco frecuente, el patrón clásico se inicia a finales del otoño, alcanza su pico durante los meses de invierno y remite de forma natural con la llegada de la primavera. No se trata de una simple apatía por el mal tiempo, sino de una alteración clínica documentada.
La causa principal de este trastorno se encuentra en la reducción de las horas de luz solar, lo que desajusta nuestro reloj biológico interno o ritmo circadiano. Esta falta de estímulo lumínico altera la química cerebral: provoca un aumento en la producción de melatonina (la hormona que induce el sueño, generando letargo constante) y una caída en los niveles de serotonina (el neurotransmisor que regula el estado de ánimo). Los síntomas característicos van desde la fatiga crónica y la necesidad de dormir en exceso hasta un deseo intenso de consumir carbohidratos, lo que suele derivar en un aumento de peso.
A pesar de que la humanidad ha intuido la relación entre la luz y el ánimo desde la antigüedad, el trastorno no fue descrito formalmente por la psiquiatría moderna hasta 1984, gracias a las investigaciones del doctor Norman E. Rosenthal y su equipo del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos. Un dato fascinante y muy gráfico de este trastorno es cómo su prevalencia varía según la latitud geográfica; mientras que en regiones soleadas afecta a un porcentaje mínimo de la población, en países nórdicos o zonas de Alaska llega a condicionar el día a día de una gran parte de los habitantes.
El tratamiento estándar para combatir el SAD supuso una auténtica revolución médica al basarse en la fototerapia: los pacientes se sientan frente a una lámpara especial de espectro completo de 10.000 lux durante unos treinta minutos cada mañana. Esta técnica simula de forma efectiva la luz solar exterior, logrando «engañar» al cerebro para reactivar la producción de hormonas del bienestar y demostrando el inmenso impacto que tiene la naturaleza en nuestra salud mental.
